Viajar para cambiar uno mismo

02.08.2023

Claro que, si lo pensamos bien, los seres humanos somos realmente extraños. Nos creemos inmortales, como si nuestro tiempo en esta tierra fuera infinito. Por eso seguimos aplazándolo todo.

¿Dejar de fumar? Mañana.

¿Esforzarte más en tu relación? Mañana.

¿Dedicar tiempo a nuestras pasiones? Mañana.

Lo aplazamos todo, pero absurdamente aplazamos las cosas más importantes. En cambio, nos ocupamos enseguida de las cosas estúpidas y superficiales: responder a correos electrónicos insignificantes, vestirnos de una determinada manera para no "presumir", sonreír aunque no queramos... Hacemos todas estas cosas todo el tiempo, todos los días, sin siquiera pensar en ellas. ¿Y el resto?

Podríamos iniciar un discurso filosófico sobre todo el tema, podríamos hablar de "vivir aquí y ahora" en lugar de los grandes proyectos de vida, incluso podríamos hablar de la vida y la muerte, pero sinceramente no me apetece.

Mirando la historia y queriendo sacar una lección de ella, los grandes viajeros siempre han tenido algo en común, el deseo de descubrir. Sólo por nombrar algunos, encontramos a Marco Polo, el explorador y comerciante veneciano, que con sólo 17 años abandonó su hogar y abrió las puertas de Asia al mundo occidental, o a Américo Vespucio que, durante un viaje, descubrió la bahía de Río de Janeiro y bordeó la Patagonia, convenciéndose de que América era un continente en sí mismo y no una parte de Asia. Si queremos ser honestos y relacionar esto con la actualidad, tenemos que admitir con cierta objetividad que queda muy poco en el mundo por descubrir. Sin embargo, si miramos el viaje desde un punto de vista subjetivo, podemos decir que, por lo que a nosotros respecta, cada lugar desconocido para nosotros y, en consecuencia, aún no visitado, es, a nuestra pequeña manera, un gran descubrimiento. Ahora bien, por muy curioso que sea un individuo e impulsado por el deseo de descubrir, en el fondo esconde a veces e inconscientemente el deseo de cambiar. Me refiero a ese deseo que muchas veces no escuchamos o no le damos la importancia adecuada, ese sentimiento que nos impulsa a preguntarnos si realmente estamos cómodos en el lugar donde vivimos o si deberíamos plantearnos otras opciones, me refiero a ese deseo de escapar de la zona de confort para afrontar quizás otro estilo de vida. Pero, ¿cómo puede uno cambiar de vida? No hay una respuesta universal y única. O mejor dicho, no hay una respuesta específica. Sin embargo, hay una opción que siempre me ha parecido la más adecuada. Algo que, independientemente de la situación particular de cada uno, de su sexo, edad, educación y cuenta bancaria, siempre es una gran manera de iniciar un cambio personal importante. Un viaje.

No me refiero a un viaje cualquiera, sino a un viaje consciente, lo que significa concretamente no sólo explorar lugares, sino también esforzarse por explorarse a uno mismo. Contemplar el paisaje al otro lado de la ventana está bien, pero también prestar atención al cambio que se está produciendo en nuestro interior. Porque, como dice un viejo proverbio, "la persona que vuelve de un viaje nunca es la misma que se fue". Cada viaje tiene el poder de hacerte evolucionar, hasta el punto de que puede que ni siquiera te reconozcas a ti mismo cuando vuelvas a casa. Todo puede parecerte extraño y hasta banal. Y entonces, esa extraña sonrisa en tu cara, la de alguien que ha pasado por mucho. Esa sonrisa difícil de explicar a los demás, porque sólo se comprende cuando se va a descubrir el mundo "ahí fuera". En la rutina diaria de la propia vida, será difícil no pensar en lo que uno ha visto, sentido, saboreado y tocado durante ese viaje. Todo esto puede sonar en los oídos de uno como algo bastante peligroso y creo que es imposible recuperar tu antiguo yo, ¡suponiendo que lo quieras recuperar! Ahora bien, peligroso se vuelve claramente si el individuo es incapaz de aceptar el cambio y, en consecuencia, no reconoce en el espejo lo que ve. Por el contrario, para el que está dispuesto a cambiar, su vida tomará otro sabor hasta entonces desconocido. Su nueva persona se llenará de conocimiento y perspicacia, lo que le llevará inevitablemente a hacer del viaje su musa. Viajar genera felicidad, y la felicidad es el sentimiento más buscado por las personas. Viajar es una de las pocas cosas en la vida que permite observar el mundo con nuevos ojos, cambiar de perspectiva. Esto se debe a que cuando viajas eres tú mismo, sin los patrones mentales de la vida cotidiana a los que nos hemos acostumbrado. Cuando viajas a un lugar nuevo que nunca has visto, sientes una mezcla de emoción, miedo y desconcierto. Estás en un lugar que no conoces, con una lengua que no es la tuya y unas costumbres que no son las mismas que las que estás acostumbrado a observar cada día.

Sabiendo que voy a generar cierto asombro al escribir las próximas líneas, me lanzo no obstante a una reflexión que personalmente siempre he mantenido, y es que, estoy convencido de que: las verdaderas alegrías de la vida no provienen necesariamente de las relaciones con las personas. Por si fuera poco, estoy convencido de que: la felicidad no necesita ser compartida. Puedo admirar cómodamente una impresionante puesta de sol, ver a una ballena saltar fuera del agua, observar una brillante tormenta eléctrica en la distancia o sentarme al borde de un cañón y obtener de ello una sensación de felicidad, y todo ello sin tener a nadie a mi lado, sintiendo así la obligación y la necesidad de exclamar: ¡ohh mira! Tal vez sea un concepto difícil de digerir y, sin duda, una buena razón para no aceptarlo ....

Viajar te ayuda a conocer tus límites y experimentar cosas nuevas te anima a ser atrevido. Uno no se da cuenta realmente de lo valiente que es hasta que se encuentra en medio de la nada, quizá sin tener ni idea de dónde ha ido a parar y obligado a decidir qué camino tomar. No te das cuenta realmente de lo capaz que eres hasta que te ves obligado por tus propias fuerzas a reparar una avería en tu vehículo, lo que te permite continuar tu viaje. En resumen, viajar es por excelencia la mejor escuela a la que hayas asistido nunca, con la única diferencia de que no habrá un maestro que te enseñe, sino el mundo entero.


Salvo